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La realidad

28. noviembre 2023, David Breijo - Relatos

Con un café con leche recién hecho, cargadito de azúcar moreno, te sientas delante de tu puesto de trabajo. No ha salido el sol, pero tú ya estás listo. Eres autónomo, no tienes horario, pero por lo menos tu trabajo lo puedes hacer desde casa. Enciendes el portátil mientras das los primeros sorbos que hacen que te quemes las papilas gustativas. Una lágrima brota por el ojo y un improperio por tu boca.

Recién duchado y arreglado, como si fueses a estar cara al público, abres el procesador de textos. Es hora de empezar, pero no sabes cómo hacerlo.

Aprovechas la inmunidad de tu hogar para encenderte un relajante cigarro y, tras las primeras caladas, te echas hacia atrás en tu silla. Otro sorbo mientras piensas en tu objetivo: ¿cómo puedo ayudarles? Buscas en tu mente esa solución que ansías, que ellos necesitan.

Convencido de que tienes una idea que podrás ir desarrollando, das muy animado un último trago al café y otra calada. Dejas cada complemento de tus vicios a cada lado del ordenador y te dispones a empezar.

«BOOM»

Un fuerte golpe, como una explosión, desde fuera de tu salón, te sobresalta y te giras asustado. Aun con el corazón en un puño, a punto de estallar en tu pecho, sigues mirando las ventanas. Como si eso le concediese a aquellos vidrios una protección añadida. Tienes miedo. El desconocimiento te hace palidecer.

«Boom, boom»

Y los cristales saltan en mil pedazos sobre el suelo y muebles de la habitación. Has tenido suerte, no te ha alcanzado ninguno.
Torpemente, buscando refugio, caes de espaldas sobre el piso. Estás indefenso ante el peligro que pudiera venir. No cejas en tu empeño de vigilar el fácil acceso creado a quien quiera entrar. No te mueves. No respiras. Solo sudas.

Un globo anaranjado, pintado con una línea vertical por la mitad aparece ocupando todo el espacio. La noche se ha hecho en tu hogar. Se mueve esa raya negra de un lado a otro. Se para justo frente a ti. Un ojo tan grande como todo tu piso. Aterrador como el mismo demonio.

Gateas hacia atrás, apoyado en tus palmas y en tus pies. Pecho al techo y mirada vigilante al extraño ser.

Se aleja aquel ojo y distingues la imposible figura de un dragón alado, negro como el alma de Satán. Reluciente hasta cegar. Con su cola, al girar, rompe toda aquella pared que te protege del exterior. Oyes caer los ladrillos rotos a la calle, rompiendo el asfalto y coches. ¡Gritos de gente asustada!

Lo sigues con tu mirada. ¡Se va! Respiras.

Pero no, está dando la vuelta. Se dirige hacia ti. Abre la boca y se le ilumina la garganta.

«Boom»

La puerta de tu salón explota en diminutas astillas. No lo miras. Estás tan asustado y agarrotado que solo presencias lo que será tu final cuando aquel ser oscuro se decida a escupirte fuego. No tienes salvación.

Un olor insufrible a gas te invade y ves aparecer de la boca del animal una llamarada que va creciendo. Rojos y amarillos van a por ti. El mundo se te para, como si pudieses controlar el tiempo. Pero es solo una ilusión. Es rápido, muy rápido ese fuego.

Cierras los ojos esperando tu fatídico y doloroso final. Pero no llega. Quitas los brazos que cruzaste frente a tu cara para protegerte del fuego y te atreves a mirar.

Una onda azulada está parando la llamarada. El ser se va, derrotado.

Vuelves la cabeza buscando explicación. Un cúmulo de arrugas con forma de mano se presta para ayudarte. Alzas la vista y te encuentras con un anciano envuelto en una desgarrada túnica morada, apoyándose en un tosco bastón de madera. Calvo y con una barba blanca y tan larga como una corbata te sonríe. Parece que todo ha pasado, que ha llegado para salvarte.

Cuando te decides a confiar y agradecerle con un buen apretón de manos su divina intervención, un líquido color rojo mancha tu cara. Sale de su cuerpo. No te has dado cuenta del sonido de las balas atravesando sus ropajes. Cae sobre ti con los ojos ya vacíos y deja a la vista a una persona vestida de negro con una pistola humeante en dirección a tu entrecejo.

No puedes saber quién es tras ese pasamontañas. Te escondes tan rápido como tu miedo te permite tras el cuerpo sin vida de aquel señor para que reciba él los impactos.

Oyes cientos de disparos simultáneos, pero ninguno mueve a tu protección. Te asomas y un millar de ráfagas logran iluminar toda la estancia. Están reventando a aquel asesino.

Te das la vuelta y ves a un equipo de asalto de la policía. Siguen entrando por el hueco que dejó aquel dragón, descolgándose de un helicóptero.

Corren todos, obviando tu presencia, hacia el enmascarado. Apuntan con sus ametralladoras a ese cuerpo, sudando y temerosos de alguien muerto. Se relajan al poco y se miran, confirmando que la misión está cumplida.
Mal hecho.

De un salto, ese asaltante se engancha con los dientes en la cabeza de uno, primero, y de su compañero, después. Con simples golpes lanza, uno tras otro, a todos los efectivos por lo que era tu ventana. Las balas no le afectan, solo manchan tu alfombra.

Una mano decidida se posa sobre tu hombro. Ya no te cabe más miedo en el cuerpo.

No tienes ni fuerza para gritar. Te levanta y, sin ver quién es o qué quiere, te lleva de un golpe a la habitación y cierra la puerta.

Ya no se oye nada fuera. Ni un grito, ni una bala. Nada rompiéndose.

Tienes frente a ti a la persona más bella que jamás hubieses visto. Jurarías que es primavera, que los jazmines emanan su dulce olor, que los pájaros silban alegres. Un cálido rayo de luz le ilumina la cara a tu acompañante.

Te mira con dulzura, te acaricia el rostro. Te sonríe y se acerca. No deja de clavar su mirada en tus ojos, provocándote calma, calor… y deseo. Cierra los ojos y sabes lo que quiere hacer.

Lo estás deseando. Cierras los tuyos y acercas los labios para sentir su pasión.

«Toc, toc, toc»

Llaman a la puerta. Ya han pasado más de diez horas sentado frente al ordenador. Es hora de parar, la cena ya ha llegado. Un triste menú para uno del chino, no te puedes permitir más. Tu trabajo no da para más.

Guardas el documento y te enciendes otro cigarro. Toca descansar. Tienes varios meses todavía de trabajo por delante.

Abres la puerta y recoges tu pedido, con cuidado de no manchar, que todo está impoluto. Como lo dejaste. Te sientas a la mesa para comer y piensas en el día que has echado.

Adoras ayudar a los demás a tener otra vida, a cumplir sus sueños, a regalarle los tuyos.

Vas por buen camino.

Estás contento.

Eres escritor.

Sobre el autor

Dice David de sí mismo: "Empezó mal el año, un lunes a primera hora, cuando nací. Elegí el mes más anodino, más o menos a mediados —¿se puede ser más trivial?— aunque, por lo que parece, que me rebelé en lo que pude y decidí hacerlo un viernes por la noche. Barruntaba ya que no me estaba gustando la cosa.

Lo más destacable de aquel último año de década fue el cine. Ganó el Oscar a la mejor película «El cazador», y los mejores efectos especiales fueron para «Superman». Se estrenaron ese año grandísimas películas que, luego, me marcarían, como «Alien», «Apocalypse Now», «10», «Mad Max», «Rocky II» o «Campeón». Aunque, sin duda alguna, la que más se asemejaría a mi trayectoria fue «La vida de Brian», una suerte de presagio de cómo me iría.

Estudié y pude ejercer el Derecho hasta, por lo menos, el día de hoy.

En una de esas quise doctorarme, con el fin de mejorar mi pericia en esta profesión, que nos condena a estar en constante estudio (¡más que en la carrera!). Me tocó la propiedad intelectual, más concretamente las descargas por internet.

Ni idea tenía, aunque eso era lo que buscaba, pues así mejoraría mi sistema. Tuve que ponerme con ello y, tras mucho estudio, artículos científicos, libros, leyes y sentencias, me di cuenta de su importancia. Y de que todo el mundo debería conocerlo, pues nos afecta a todos.

¿Y cómo hacerlo llegar? La materia es densa, con mil aristas. ¿Qué persona no abogada —y que se dedique al tema— iba a estar interesada?  Por eso pensé en hacerlo novelado, de tal forma que, sin darse cuenta, pudiese el lector tener algo de conocimiento y concienciarse. Utilicé las notas al pie para que el lector pudiera contrastar la información, o ampliarla, si quería. No fue fácil, pues es un tema poco llamativo.

Me vine arriba y traté de tocar varios asuntos: cómo es la profesión de abogado, cómo actuamos los abogados de oficio, exponer para mejor comprensión temas básicos de Derecho, ansiedad, estrés…

Pero quedaban muchos temas que me gustaría tratar. Así que decidí dividirlo en una trilogía. La segunda parte, mucho menos técnica, más novelada, más imaginación. Trataría de internet, redes sociales, privacidad, consecuencias e inteligencia artificial —junto con otros temas más filosóficos.

Estos dos, autoconclusivos, aunque escondo dicha conclusión en detalles.

Y el tercer libro, que cerraría la trilogía. Una revelación ¿fantasiosa?, en la que se aplicarán los temas tratados en el primer y segundo libro, las consecuencias. Totalmente novelado, nada técnico, y con mucha filosofía detrás.

¿Y después? Pues ya veremos. De momento he de decir que me encanta escribir, pero hay que trabajar para poder sobrevivir. El tiempo que le dedicas a uno, se lo quitas al otro.
Ya veremos
".


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