La poesía como regreso: Javier Díaz Gil y el viaje sentimental a Chile
Reseña literaria
Javier creció en España escuchando noticias del golpe de Estado de Pinochet, leyendo a Pablo Neruda y oyendo las canciones de Víctor Jara y Quilapayún. Chile era, para él, una presencia emotiva antes de ser una realidad geográfica. De ahí el título del libro, que encierra una paradoja: regresar a un lugar en el que nunca se ha estado. "Tenemos un conocimiento emotivo de lugares en los que no hemos estado —señala el poeta— y cuando llegamos a ellos nos reconocemos en el paisaje." Ese reencuentro, entre lo imaginado y lo vivido, es el hilo conductor del poemario.
Lejos de ser un libro de viajes en el sentido convencional, Regresar a Chile prescinde de guías turísticas y postales. Lo que propone es un itinerario sentimental, trazado poema a poema, día a día, siguiendo las emociones que cada lugar despertó en el autor. Para facilitar ese recorrido al lector, el libro incluye al final un mapa de Chile donde se señalan los lugares que originaron cada poema. La estructura no fue reorganizada después, sino que respeta el orden cronológico del viaje: la secuencia emocional es también la narrativa.
Entre los momentos más intensos de la entrevista, Javier describió su visita a Villa Grimaldi, el antiguo centro de detención y tortura de la dictadura ubicado en las afueras de Santiago. Allí descubrió, al revisar el muro con los nombres de los desaparecidos, que uno de ellos había sido detenido exactamente el mismo día, treinta y dos años antes, en que él visitaba ese lugar. De esa coincidencia nació uno de los poemas más conmovedores del libro, dedicado a Marcelo Eduardo Salinas Eytel, en el que el poeta repite el nombre del desaparecido en cada estrofa, añadiendo progresivamente el nombre completo como acto de memoria y resistencia al olvido.
La poesía, para Javier, no tiene pretensiones de dar respuestas. "Los poetas lo que hacemos es interpelar —afirma—, hacernos preguntas a nosotros mismos y hacerle preguntas al lector para intentar implicarle en lo que estás contando”. Esa filosofía atraviesa todo el libro: la cordillera, los glaciares, el desierto de Atacama y las alamedas de Santiago no son en sus versos meros escenarios geográficos, sino testigos de una historia que exige ser nombrada.
El libro se abre con dos epígrafes que funcionan como brújula: uno de Pablo Neruda, que evoca la geografía de Chile —"largo pétalo de mar y vino y nieve"—, y otro de Ángel González, que sintetiza el espíritu del viaje con una imagen de amor y esperanza que avanza. Entre esos dos polos, el autor construye su propio mapa: no el de un turista, sino el de alguien que regresa a una herida compartida y encuentra en la escritura la única forma honesta de habitarla.
La entrevista, emitida en el Día del Libro, el 23 de abril, fue también una celebración de la palabra como puente entre la memoria y el presente. Javier, que ya había publicado Morir en Iguazú, confirmó con Regresar a Chile su apuesta por una poesía comprometida, que mira el mundo desde los márgenes y pone nombre a lo que otros prefieren callar. Porque, como se repite a lo largo de la conversación, a veces solo cruzando los propios desiertos internos se encuentra el camino de vuelta.