Ángela Serna presenta Ese lugar llamado Nunca, un poemario construido desde la herida y el silencio
Reseña literaria
La poeta Ángela Serna, residente en el País Vasco, presentó en una reciente entrevista en formato audiovisual su último poemario, Ese lugar llamado Nunca, una obra que, según sus propias palabras, no pretende dar respuestas, sino abrir espacios, grietas y silencios. El libro, estructurado en tres partes, es el resultado de un proceso de escritura que se extendió a lo largo de más de una década, con poemas gestados desde 2014, atravesando 2019 y 2020, años marcados tanto por circunstancias personales como por convulsiones del mundo exterior.
"La poesía que realmente me llega, me atrapa, me pellizca", señaló, "es aquella en la que yo puedo encontrar un lugar"
Serna explicó que el poemario nació de la confluencia de tres proyectos que, en un momento dado, comenzaron a dialogar entre sí con tanta intensidad que la solución más honesta fue reunirlos bajo un mismo techo. Cada parte conserva el título que tenía el poemario del que procede, pero juntas construyen un universo coherente e íntimo atravesado por imágenes recurrentes: la casa, la madre, el cuerpo, el tiempo y ese "nunca" que, como apuntó la autora, no es solo un lugar, sino también una manera de estar en el mundo.
La escritura de Serna destaca por su depuración formal. La poeta asegura trabajar cada poema durante meses, incluso años, en busca de una precisión que no excluya la música. "La poesía que realmente me llega, me atrapa, me pellizca", señaló, "es aquella en la que yo puedo encontrar un lugar", aquella que deja una puerta abierta al lector en lugar de conducirlo por un camino trazado. En ese sentido, la sugerencia prima sobre la explicación: Serna no quiere cerrar el poema, sino entregarlo como un espacio habitable.
La figura de la madre ocupa un lugar central en el libro, no únicamente como referencia biográfica sino también como símbolo de acogida, de vientre y de origen. Del mismo modo, la casa aparece en una doble acepción: la estructura física de la infancia y las personas que alguna vez la habitaron, ese hogar hecho de presencias que el tiempo va deshaciendo. La pérdida, la orfandad anticipada y el paso de los años configuran el sustrato emocional de una escritura que, precisamente por su contención, golpea con mayor intensidad.
La poeta asegura trabajar cada poema durante meses, incluso años, en busca de una precisión que no excluya la música.
Sobre la pregunta de cuándo un poema está terminado, la autora admitió con sinceridad que no lo sabe con certeza. "Creo que no se termina nunca", afirmó, y añadió que incluso después de publicar un libro sigue corrigiendo en los márgenes de sus propios ejemplares. Ese lugar llamado Nunca es, en definitiva, un libro que permanece abierto más allá de su última página: uno de esos que vuelven, que obligan a releer desde otro lugar y que, como la propia poesía, continúan latiendo mucho después de haber sido cerrados.